22 nov. 2009

Nada es tangible

Hay días en que el silencio se adueña de las palabras.
Ella sale de casa siguiendo el guión que su vida marca.
Se cruza con multitudes.
Cada día rostros distintos, aunque sean los mismos.
Recapacita en ello.
No reconoce más allá de lo propio y próximo.
A veces, fuera de contexto, alguien le sonríe y saluda.
Por discreción, y para no parecer orgullosa, responde al saludo, con un ademán y sonido fugaz.
Al día siguiente, o a los pocos días, en el propio contexto de relación recuerda cual era la razón de esa familiaridad.
Es posible que sea una dependienta acostumbrada a intercambiar palabras pasajeras.
Un camarero amable que despide a cada cual con un deseo de que se tenga un buen día.
Una persona que coincide en el mismo trayecto y que con ella ha compartido otros momentos.
La rutina arrastra la oleada de gente de un lado a otro de la ciudad.
Por las calles.
En paradas de autobús.
Entra por la boca de metro, rechazada por una corriente de aire, para adquirir la tarjeta para diez viajes.
La gente sale o entra.
Ella no tiene la misma actividad.
Le es cómodo contar con ese sitio para adquirirla.
No siempre.
A veces, si tiene tiempo sobrante, se dirige a una librería que por tener periódicos abre temprano, y en ella adquiere el documento que le permitirá ir y venir durante la semana.
El otro día se quedó con el gesto congelado.
Una vecina que dialogaba su monólogo maternal con su perro paso ante ella sin siquiera cambiar el paso.
Pensó que algo fallaba.
Tiempo atrás hubiera respondido a su gesto.
A veces las intenciones no bastan.
La invisibilidad nos amedrenta.
No todos los días son iguales.
Los hay que pasamos desapercibidos hasta para los cristales que reflejan lo que ante ellos se mueve.
Eso vio en una toma fotográfica especial.
Enredando con la cámara encontró una posibilidad de tres disparos consecutivos.
Sucedió que la imagen de un transeúnte que pasaba ante ella, en la parada del autobús, poco antes de salir de allí, quedó registrado como si de una imagen fantasmagórica se tratara.
Eso la llevó a cavilar sobre la posible estrategia de esos documentos que hacen pensar en imágenes de fantasmas.
El momento es el instante fugaz.
Nada es tangible.
Recordarlo le da textura en un espacio virtual.
Suena la radio y los ruidos asimilados que entornan el espacio en que ella teclea sus silencios.

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18 nov. 2009

¡Estoy aquí!

Vengo a ti tras un largo viaje.
Ausencias son las que me dejan en este estado del ser.

¿Ayer?
Lejano fue.

No se mide con las horas que ni siquiera son veinticuatro.
Me siento del otro lado.

He recorrido un trecho tortuoso y silencioso.
Regreso nuevamente a ocupar el hueco material que me fue asignado.

Las cosas siguieron con mi participación ausente.
¡Estoy aquí!

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17 nov. 2009

¡Que te vaya bonito!

La asaltaron aquellas palabras.
No las esperaba.
Aunque no fueran consignadas por nadie, ella sabía de donde procedían.
El rencor las esgrimía.
No había sido artífice.
Más bien víctima.
Sin embargo eran claras y precisas señalándole con el dedo acusador.
Renglón seguido, las borro.
Eso ayudaría a que pasaran de largo.
A pesar de tener claro que no había razón para enojarse, se enquistaron azuzando la conciencia y tejiendo enredaderas de trampas y quimeras.
Una palabra es como la bola de nieve que se crece ladera a bajo.
Al cabo del día la dimensión del requiebro era tal que la congoja anudaba su garganta.
Lágrimas secas se perpetraban.
Hubiera llorado el silencio olvidado.
Otras razones quebraban su paso.
Soltando riendas y a tientas, seguiría mañana.
Muchos días y noches borraron ese pasado que ahora forzaba su puerta.
No le daría cabida.
Su vida no era la misma.
La vida te da y te quita.
Los años anuncian muchas despedidas.
Los adioses son muchos.
No derramaría lágrimas por lo que quedará en esa esquina.
Compartía el olvido.
Pasada esa página, otras se articularían.
No habría mal querencia.
Ni desdén.
Simplemente, eso fue ayer.
El presente se tejería con nuevos hilos y alegrías.
No volvería a mirar en ese espejo en que se perdieron los sueños.
Ahora era otro tiempo.
No sentía.
Vivía un nuevo bucle en que dibujar su vida.
No había razón para repasar cuentas pasadas.
-¡Que te vaya bonito!
Así le diría si pudiera extender su mano en un adiós lejano.
No se ocuparía de ese pasado.
No tendría palabras acres para olvidarlo.
Sencillamente porque ya lo había olvidado.
La memoria había pasado el cedazo, dejando briznas de espuma disipadas, de aquel trazo.
Poniéndose a pensar sobre posibilidad, se alegra de que las cosas sean pasado y que nada de ellas requiebre su alma ni horade en su memoria.

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Hubiera alcanzado un sueño

Hubiera alcanzado un sueño en la desidia e impotencia del tiempo.
No fue dado.
Así lo alcanzo.
Sin premura me acostumbro a su cuidado.
Es de él el camino alado.
Cabalgo sobre nubes de esperanza.
Descanso en el remanso de su espalda.
Retomo las ganas de dejarme transportar por el aire del deseo engrandecido.
Eres nube a mis pies.
Eres aire a mi esperanza.
Aquí me tienes confiada.
¡Dame el abrazo que mi alma te reclama!
No me andaré con rodeos.
Te reclamo.
Arrastro tras de di ti la sombra alargada que se enrosca de tu cuello.
Eres ángel en lujurioso deseo.
El verbo ensalivado y ondulado.
Amante deseado y olvidado.
Pasajero del tiempo que tuvo parada en mi mismo puerto.
Ahora es tiempo de esperanza.
La que alcanza.
La que arranca los quejidos y remansa los latidos.
Hubo fuego.
Son rescoldos.
Ascuas que no abrasan ni solazan.
Hubo tantos para este recuerdo que aunque tengas un espectro construido en ese hueco, tu vacío no será dimensionado.
Un corazón se abre paso.
Apareces con silencio en reclamo.
Aunque no haya olvidado se ha perdido el sentido de ese otro tiempo en que tuvimos encuentros.
Alas tomaban vuelo enredando nuestros cuerpos.
Líquido elemento alimentaba el fuego.
Quemábamos en abrazos un deseo insaturado.
Abríamos el pecho esperanzado cobijándonos en uno.
Fuimos hembra y fuimos macho.
Fuimos carne y piedra.
Arena y aire.
Fuimos amantes.
Un relicario para anidarlo en colgante.
Engalanaste mis prendas sin defectos.
Eso fue mientras me amaste como un sueño.
Yo también tuve parte.
Un buen día mire al suelo.
Olvidaste que era ese latido inflamado.
Desoímos las esperas e inquietudes de ese tiempo.
Conseguimos adherirnos a las formas.
Ahora queda dejarse aire y espacio para que nuestras alas tomen otro vuelo.
Sin cuidado.
Ojos que no ven, corazón que no siente.
Si no sabes y yo ignoro.
Seguirás indiferente.
Me moveré a mi ritmo, sin condicionantes.
Te has ido.
Eso es definitivo.
Siento que soy libre.
¡Existo!
Ahora no me es necesario verme en el reflejo de tu abrazo.
Estoy abierta a otros brazos.
Los tuyos se estrecharon y ahogaron mis ansias.
No éramos lo esperado.
Fuiste y fui ave de paso.
No es fracaso.
Ese es nuestro caso.

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He olvidado

He olvidado.
No recuerdo haber estado.
No las mieles ni las hieles.
Todo aquello no cuenta.
Es algo que queda en espejo empañado.
El de lo que nunca se sabe si hubiera sido posible.
Es posible que fuera engaño de los sentidos.
Apenas queda rastro en la memoria del cuerpo y el alma.
Ha quedado un montículo de cenizas enlodado.
Hay palabras lanzadas, como piedra sin rumbo, para hacer daño.
Tirar la piedra y esconder la mano.
El rencor es el arma de ese trazo.
La memoria construye velos para suavizar lo duro del recuerdo deshojado.
Tenía un dulce recuerdo que ahora se ha empañado.
Oídos sordos no caben.
Palabras me han liberado.
¿A qué puerta debo orientarme?
No tengo remite de ese dardo.
Estoy cansada de las cosas que cada día tengo que afrontar.
La cuesta se me hace empinada y pesada.
El pasado queda atrás.
Lo que viene es dar pasos apoyada en el quicio de mi espalda.
Miro y no veo nada.
Dejemos en paz las sombras que nunca cobraron forma.
Cada cual afronta su destino como puede y le dejan las circunstancias que padece.
No es mi mejor momento.
He caído en desgracia.
La que marca el declive que toca seguir.
La misma que me precede y antecede, si es caso sobrevivir.
Hay vidas tajadas a tiempo.
Las hay que glorifican silencios.
La mía sigue sendas quebradas y torturadas.
En ella y no en otra me siento.
¿Quién eres que mi paz rompes?
De vez en cuando dejar simiente cizañera para dolerme.
Olvida como he hecho yo.
Deja que pase página y duerme.
A palabras huecas oídos oxidados.
Soltar lastre en este tapiz me libera y deja seguir.
No sé qué fue que me hizo escribir inflamados versos de amor.
Ahora está ausente de mí el flujo que me hacía seguir.
Es posible que hiciera daño, pero no intencionado.
¿A quién?
Ni idea.
Jugué un juego peligroso y me quemé en él.
Mi ahora no es consecuencia de él.
Lo que sufro y lo que siento es algo que forma parte de la cadena del ser.
La muerte llama a las puertas.
Eso es para mí patente.
Se ha enquistado la consciencia de su presencia.
Las razones no son otras.
Sigo asiendo la cuerda que me saca del pozo para tomar aire y seguir en este trance.

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14 nov. 2009

Mañana

Dame alas nuevas para este vuelo.
El que me lleva al ocaso.
Las de antaño quedaron quebradas en un baúl olvidado.

Serán razones de humanos que ahora recojo.

He cabalgado a lomos de la sensación de perpetuidad.
Eso ocurrió en otro estar.
Ahora miro el cadalso y temo su soledad.

Me ha tocado.

Es mi momento vital.
Miro la ristra del tiempo que de mis manos se va.
Quiero abrir la ventana a esa puesta de sol cálida.

Las estrellas impasibles, de un tiempo que ya no vendrá, miran mis inquietudes sin poderme avisar.

Ellas estaban entonces.
Ahora reflejan su luz ante mí.
El tiempo que mido yo no es el que ellas me traen.

Una puesta de vida larga o corta.

¡Quien lo sabe!
Memoria borra lo que ayer marcaban mis pasos.
Olvido lava las penas.

A base de horas y días, acomodo ansiedades y miedos.
La esperanza se posa en una esquina.
Perpetrando la ilusión de la vida.

Mañana.

Siempre expectante a esa vuelta de tuerca.
Consumo el tiempo de mi copa vacía.
Cuando la miro de lejos veo el preciado elemento que en ese momento tenía.

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10 nov. 2009

Ese día será liberada

¿Duele el alma?
¡Duele!

Con ella caemos en un mundo que nos daña.
Reparamos heridas mal cerradas.
Seguimos pisando el barro de esta tierra extraña.

Ella se duele y reclama.

Es posible que de vez en cuando regrese a su morada.

¿Es posible?

En ese caso, las ausencias y pérdidas de memoria no son otra cosa que el paso que ella ha dado regresando al jardín del que fue sacada.

El cuerpo flaquea y pierde asideros en los que ella está atrapada.

En ese momento, escapa en el sueño.

El cuerpo reclama.
La llama.
Ella evasiva, no encuentra las ganas.

Habrá un día en que el cuerpo no pueda con ella.
Ese día será liberada.

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9 nov. 2009

Nunca se sabe

Diríase que la fuente se seca.
Así es como apunta el gesto en este momento.
Cansina y sin ganas a penas de soltar prenda.
Recorre la senda para no descuidar que en ella está su alma dispuesta.
Es posible que aquello que amenizaba los ratos perdidos, ahora pierda sentido.
O quizá es temporal, y mañana renacerá con gana dispuesta a engarzar esas letras que la animaban.
Hubo un momento del día en que se sintió perdida.
Adjudicó el atributo de haber sido abducida por un vacío que la retenía.
Es cierto que los pasos no perdieron rumbo, pero si sentido.
Un hueco se hizo lecho en su silencio despintando y oscureciendo.
Un guión prefijado la puso rumbo a lo cotidiano.
Sin embargo, era no otra.
No era ella, ni otra.
No se reconocía.
Participaba de las pautas prefijadas y no desentonaba, pero sabía que había entrado en el cuerpo extraño de si misma.
No se reconocí, aún cuando se sabía.
Recordaba que ese estado extraño de sí misma no era nuevo.
Lo había asido en otras ocasiones.
¿Es posible que en la noche que antecedía su viaje hubiera traspasado el umbral?
Nunca se sabe.

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7 nov. 2009

Teresa

-Lluna, vine!- Se sentía desde el hueco de la escalera, cuando Lluïsa estaba intentando abrir la puerta de su casa.
-Lluna!- repitió ella siguiendo el impulso de querer participar.
La perrita menuda y blanca, de pelo ondulado, apareció a sus pies con gestos de alegría explícita.
-Lluna, on ets!- Repetía la vecina del primero.
-¡Aquí! ¡Teresa, la tienes aquí!- Respondió Lluïsa al tiempo que bajaba con ella en brazos.
-¡Mira que eres bicho!- Le decía cariñosamente, mientras la dejaba en el suelo ante la puerta abierta de la casa de la mujer de blancos cabellos.
-Lluïsa, entra, te enseñaré una cosa.- Dijo la anciana con gesto extraño.
-Ara no tinc temps, però quan torni, més tard, et trucaré a la porta i passaré una estona amb vosaltres.- Contestó amable a la invitación, mientras subía a su casa para recoger una carpeta de las que llevaba para ir a clases.
-Se me hace tarde. Luego hablamos, vale.
Se oyó la voz de la joven mientras desaparecía escaleras a bajo.
Teresa sintió un vacío profundo.
Esa joven era para ella como una hija. La hija que nunca tuvo.

Sus hijos intentaban llegar, pero eso no bastaba.
Cada día encontraba una excusa para atraer la atención de Lluïsa y pasar un rato con ella.
Esa muchacha que cogió el piso siendo muy jovencita tenía a sus padres en otra localidad. Aunque llevaba una vida muy activa, no paraba en casa, al tiempo era de carácter familiar. Sabía escuchar.
Incluso se diría que disfrutaba escuchándola.
Esperaría con oído atento y corazón inquieto el momento en que la muchacha diera vuelta a la llave de la puerta de la calle, con seguridad inequívoca de que realmente haría lo que le prometía.
Llamaría a la puerta con los nudillos haciendo un repiqueteo rítmico que a ella le sonaba como música de ángeles.
-És un àngel.- Pensó, mientras se le humedecían los ojos.
La perrita jugueteaba con una zapatilla deslizándose por el piso del pasillo.
-Mira que ets juganera!- Dijo en voz alta, tomando a la perrita en sus brazos y llevándola a su regazo.
-Gràcies!
-Tu saps com fer-la venir al meu costat.
-No sabia com fer-ho per dir-li que entri quan torni dels seus estudis.
-Ets un sol, lluneta meva!

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3 nov. 2009

Leti

Los rincones de la casa acumularon palabras no dichas.
El silencio hizo hueco en su alma.
Ella retuvo un recuerdo en el olvido que los días traían.
Hubo un tiempo en que la lluvia mojaba.
De pretérito a presente pasaba.
Estaba enredada en el quicio ocupado por ensayos de gestos olvidados.
Quemaba solo pensarlos.
No les hacía oídos.
Descartaba y seguía insistente los pasos hacía la nada.
A penas pudo contener el aliento.
Quedó atrapada.
Vería pasar la caída de las hojas y el renacer del sol en cada uno de sus ciclos.
Quedaba esperar la llamada hacía esa morada.
Quería que esa fuera de olvido absoluto.
Que no tuviera un recuerdo del paso por este mundo.
Cerrar el ciclo sería el premio a una vida sin sentido.
Renunciaría a otras vidas.
En ese espacio intermedio en que nada ha sido querría quedar.
No podría enfrentar de nuevo el desgarro de la inhumanidad.
Prefería quedar sin voz ni aliento.
La tristeza es el viaje a la desdicha.
Ese pasaje estaba con ella desde el momento en que la vida pareció sonreírla.
¿Por qué?
Se decía.
Acaso no es suficiente el desgarro de vivir, que además has de transigir a la injusticia del reparto ímprobo.
Leti recordaba haber soñado una vida mejor.
Ese sueño ya no le servía.
Todo era mezquina mentira.
Cantos de sirena atraían conciencias que en ellos dormían.
Apuro el paso que al vacío la atraía.
Moriría.
No esperaría.
La sonrisa de un niño se dibujo en la nube.
Se daría plazos nuevos.
Ese resquicio de esperanza la retendría.

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